Aunque tratar de sintetizar el conocimiento que nuestra colaboradora, la Doctora MaDolors Obiols i Solà comparte en su escuela Universalia no es tarea fácil, en este artículo intentamos describir las principales claves de su cosmovisión, que apunta, directamente, a la transformación de los fundamentos y los instrumentos del conocimiento.

Doctora en filosofía, especializada en filosofía de la ciencia y licenciada, también, en sociología, Maria Dolors Obiols i Solà ejerce como profesora desde hace más de 20 años, lo que la llevó, en 2014, a fundar su propia escuela Universalia. Se trata de un espacio de conocimiento consciente en el que recibe, con cariño, a aquellas personas que albergan la inquietud de explorar tanto el ser humano como la realidad, desde una perspectiva nueva y alternativa a la versión oficial.

Para ello ha dedicado gran parte de su tiempo a realizar una profunda investigación que ha versado en campos tan distintos como la medicina, la historia, la física, la antropología o la genética, y que la ha llevado a elaborar un riguroso y exhaustivo cuerpo teórico, comprobando, además, la eficacia de ciertas prácticas. De este modo, Obiols compagina su búsqueda personal con una divulgación clara y accesible de la serie de conocimientos que, con gran perspicacia y capacidad de análisis, identifica como parte de un nuevo paradigma y que, a su vez, resultan en una propuesta para emprender el camino del despertar consciente.

La literalidad del despertar de la consciencia

Generalmente, cuando utilizamos la expresión “despertar de la conciencia”, aludimos a procesos mentales, emocionales y espirituales que nos permiten alcanzar un mayor grado de bienestar, un equilibrio entre las distintas dimensiones de nuestra vida, con nosotros mismos y con nuestro entorno. Se trata de un camino a través del cual uno se conoce a sí mismo; es un viaje hacia adentro que tiene repercusiones directas en el “afuera” y que implica una transformación de nuestra percepción de las cosas.

Ello pasa por comprender la noción de que, lejos de lo que se nos han enseñado, nosotros no somos nuestra mente. Y esta idea, si bien está completamente enraizada en las sabidurías orientales y en la vertiente más esotérica de algunas religiones, se encuentra en el polo opuesto de los fundamentos de la cultura y el pensamiento occidental, donde la Verdad, tal y como formularon los antiguos griegos, solo puede ser alcanzada a través de la lógica y la razón, facultades propias de la mente concreta.

Por supuesto, ésta permite que nos desenvolvamos en nuestra realidad cotidiana, para lo que opera, cual ordenador, segmentándola y dividiéndola con el fin de establecer relaciones entre los fenómenos que acontecen en ella y emplazarlos en el pasado y en el futuro. Gracias a la mente, podemos recordar y tomar decisiones a partir de nuestras experiencias previas, o podemos planificar aquello que queremos hacer el fin de semana.

Y si bien esto es, cuando menos, útil, la mente no sirve para comprender la realidad a niveles más profundos. De ello, la encargada es la Consciencia o mente superior, quien, en lugar de elaborar discursos sobre aquello que tal persona nos hizo sentir, o sobre cómo ello puede afectarnos en futuras relaciones, conecta directamente, aquí y ahora, con la opresión que sentimos en nuestro pecho, esa sensación que, luego, nuestra mente llamará “dolor” y de la que, en el peor caso, nos alejará.

La mente es erudita; la consciencia, sabia. Y es en esta última donde sucede la verdadera transformación, de la que no escapará la primera.

La capacidad de diferenciar ambos procesos es fundamental en esta senda del “despertar” que, a lo largo de la historia, ha contado con un sinfín de doctrinas y preceptos más o menos contagiados por la religión y que, a modo de “recetarios”, proponen la práctica de ciertos experimentos, con resultados, si no mensurables, perceptibles indiscutiblemente por sus practicantes. Tal conocimiento, si bien se mantuvo en secreto y reservado para los iniciados de determinados cultos, sectas y logias, hoy están abiertamente a disposición de toda la Humanidad.

Además de esta faceta “experimental”, este camino del “despertar” de la conciencia, lejos de ser poesía o una mera metáfora, adquiere un sentido más literal aún cuando se estudian los procesos y fenómenos físico-químicos que lo acompañan, así como los cambios que imprimen en el ADN de aquellos que lo emprenden.

Un nuevo paradigma que integra el viejo y lo trasciende

Paralelamente, en el campo de la física, los descubrimientos realizados a partir del siglo XX echaron por tierra la concepción del mundo como un enorme mecanismo compuesto de piezas que, a pesar de interactuar entre sí, existen aisladas unas de las otras.

Este hecho provocó un cisma insalvable entre los que actualmente podemos denominar como el viejo y el nuevo paradigma científico, que abarca, no solo el ámbito de la física, sino, también, de la medicina y otras disciplinas que aún están secuestradas por el primero.

Pues las verdades sobre las que arroja luz este nuevo enfoque de la realidad resultan liberadoras para el ser humano y ello, por supuesto, no resulta interesante para un sistema que se nutre de su esclavitud.

Así, mientras el viejo paradigma se rige por la concepción de un universo que solo puede ser comprendido mediante la lógica, los sentidos físicos y la racionalidad analítica, el nuevo paradigma se pregunta qué sucede con los sentidos internos, esas vías de conocimiento totalmente válidas, como son la intuición, la inspiración o la canalización, incluso el corazón o el cerebro intestinal. Donde el primero divide y analiza, el segundo observa, maravillado, un universo holístico, un Ser de inagotable creatividad que se expresa en infinitas formas con la voluntad de experimentar y dar lugar a la Vida, que no se limita a lo orgánico y que en el mismo acto de conocer supone la Naturaleza en su proceso de autodescubrimiento.

En definitiva, si el viejo paradigma estudia los hechos y las cualidades de la materia en sus distintos estados, el nuevo estudia posibilidades e información que se manifiesta en forma de frecuencias y, por tanto, de vibraciones de energía. El espacio pasa de ser tridimensional a ser multidimensional, y el tiempo, de ser cronológico, a ser sincrónico.

Y todo ello, en su conjunto, se traduce en una cosmovisión que pasa de ser dual a ser no dual. El nuevo paradigma se rige por la mente superior a la vez que utiliza, sabiamente, las capacidades de la mente concreta.

Esta nueva visión del Universo viene abanderada por los llamados científicos independientes, cuya labor de investigación apunta hacia una serie de hipótesis que contradicen y/o trascienden las ideas y creencias que el sistema, en su intento de mantenernos arraigados al viejo paradigma, nos ha impuesto con más o menos sutilidad y que, tal y como señalan investigadores como Daniel Stulin, se fraguan deliberadamente en el seno de entidades tales como el Instituto Tavistock y se desarrollan en el marco de disciplinas como la ingeniería social.

El conocimiento reemplazado

Lo más triste de ello es, seguramente, que lejos de limitarse a obstaculizar el alcance, por parte de la Humanidad, del conocimiento sobre nuestra verdadera naturaleza y la del Universo, lo sustituye, a través de sofisticados medios, por lo que Obiols ha identificado como una serie de “programas” que, cual paquetes o códigos de información falsa insertados en nuestro subconsciente, condicionan y distorsionan nuestra percepción de la realidad, además de mantenernos en niveles de vibración poco elevados e incidir en nuestra información genética.

Ejemplo de ello es el programa escéptico, que mantiene, a quien lo hospeda, en el miedo a lo desconocido y en una duda permanente e irreflexiva que se dispara automáticamente, cual resorte, cuando tratamos de ir más allá de la evidencia empírica o nos topamos ante lo que nuestra mente lógica señala como una paradoja.

Entre los muchos programas que Obiols ha sido capaz de reconocer, se encuentra, también, el programa del sacrificio, especialmente alimentado por las religiones y, sorprendentemente, por movimientos sociales de corte espiritual como la New Age.

Para Obiols, el concepto del “karma” es una versión progresista del pecado y la idea de que hemos venido aquí para aprender debe ser sustituida por la de experimentar, con lo que las connotaciones que acompañan ambos conceptos plantean formas de vivir radicalmente distintas en cuanto a la libertad que nos conceden.

Mediante la comprensión de los conocimientos que personas como Maria Dolors Obiols se han dispuesto a compartir, nos encontramos ante una gran oportunidad de acabar con tales programas, biodescodificarnos y, por tanto, de emanciparnos de un sistema tiránico y obsoleto. Es la única forma de decidir, conjuntamente, la Humanidad que queremos ser, no en un futuro, sino hoy, aquí y ahora.

 

 

 

 

 

 

 

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