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¿Ciencia o creencia?

Si hablamos de conocimiento, podríamos estar de acuerdo en separar claramente dos conceptos: creencia y ciencia. El primero de ellos se relaciona directamente con todo aquello que queda fuera de comprobación objetiva: la fe, la religión, la intuición, la irracionalidad o la superstición. El segundo, en cambio, se basa en el estudio y la experimentación de los fenómenos de la naturaleza mediante el método científico; esto es, a partir de lo que se puede captar, analizar y reproducir a través de los sentidos físicos.

Estos dos mundos han convivido a lo largo de milenios y no siempre de buenas maneras, pues muchas veces las creencias (entendidas como imposiciones dogmáticas de tipo religioso) marcaban lo que era verdadero y lo que no, y la ciencia tenía que ajustarse sí o sí al marco religioso, so pena de caer en la herejía y la persecución. Lo que ocurre es que, con el tiempo, la ciencia se fue desligando de lo que decían las Sagradas Escrituras –de la religión que fuera– y fue demostrando que la visión empírica de la naturaleza no concordaba con lo que presuntamente era la palabra de Dios, lo cual puso en peligro las carreras –o incluso las propias vidas– de muchos científicos que rehusaban aceptar el dogma impuesto por el poder político-religioso.

El científico Giordano Bruno fue condenado a la hoguera porque su “ciencia” no se ajustaba a la “creencia” de las autoridades eclesiásticas.
El científico Giordano Bruno fue condenado a la hoguera porque su “ciencia” no se ajustaba a la “creencia” de las autoridades eclesiásticas.

Hoy en día, sin embargo, las cosas aparecen haber cambiado de forma notable y las religiones ya no se meten en el campo científico, pues aceptan una clara división entre el mundo natural o físico y el mundo de las creencias. Así pues, parece que el ámbito científico ha ganado finalmente su batalla y se ha establecido como referencia de lo que es real, objetivo e indiscutible, frente a la subjetividad o irracionalidad de las creencias, que de ningún modo responden a los criterios observables y reproducibles del método científico. Hasta aquí no parece haber duda en esta moderna separación entre lo científico y lo religioso (por llamarlo de algún modo), pero si profundizamos un poco en el verdadero fundamento de la ciencia veremos que, en el fondo, está sujeta a factores que se escapan de la perfección empírica, y que más parecen relacionarse con lo que habitualmente consideramos como creencia. Me explicaré.

Lo que ocurre es que la práctica totalidad de la gente, incluidos los científicos, vive en un mundo en el que el conocimiento científico se ha hecho tremendamente extenso, complejo y especializado, hasta el punto de que la educación básica –e incluso la universitaria– sólo nos permite tener una idea más o menos elemental de ciertas materias, pero si analizamos bien la enseñanza, veremos que en gran parte nuestros cerebros actúan como receptores de información de forma acrítica. Esto es, sólo somos capaces de recibir una cierta cantidad de información, y en la gran mayoría de los casos, no la experimentamos ni la criticamos ni la contrastamos, sobre todo en nuestra etapa escolar. De este modo asimilamos conocimientos científicos “creados por expertos” y nosotros hacemos un acto de fe (o sea, una creencia) aceptando tales conocimientos como válidos pensando que no están equivocados o que esos expertos no actúan de mala fe.

A otro nivel, lo mismo ocurre en la universidad donde hay unos grandes investigadores y docentes y unos alumnos que siguen las líneas del paradigma establecido, si bien aquí la capacidad crítica es supuestamente más alta. Pero, como mencionaba antes, el conocimiento es tan especializado que resulta casi imposible estudiar, comprobar y corroborar lo que han hecho otros en diversos campos de estudio. Basta que unos cuantos expertos ratifiquen un determinado conocimiento como auténtico para que todo el mundo académico siga esas directrices sin más cuestionamientos, creando lo que los anglosajones llaman el “mainstream” (corriente principal) o simplemente el consenso, que es un acuerdo tácito de la mayoría de profesionales, aunque ello no tenga nada que ver con una “verdad científica”.

Esto puede aplicarse a teorías científicas tan consolidadas como el darwinismo o evolucionismo, que –detrás de una fachada de impecable coherencia– presenta enormes vacíos, suposiciones, conjeturas y prejuicios hasta el punto que para algunos investigadores disidentes (biólogos, antropólogos, geólogos…) tal teoría no se ha demostrado nunca –y no hay forma científica de demostrarla– y más bien se debería considerar como una ideología o una visión del mundo. Por supuesto, los popes del evolucionismo reaccionan con indignación ante estas críticas y tachan de fundamentalistas religiosos a todos sus opositores, echándoles en cara que quieran hacer pasar ante los ojos del público sus creencias como ciencia. ¡Y precisamente ellos son acusados de esto mismo! En suma, “dogma” no es una palabra propia de la religión o de la ciencia, sino de una forma de imposición o control mental.

Detrás de muchas supuestas “verdades científicas”, como el cambio climático, sólo hay creencias e intereses
Detrás de muchas supuestas “verdades científicas”, como el cambio climático, sólo hay creencias e intereses

Y yendo un paso más allá, podemos ver que la ciencia moderna está del todo contaminada o mediatizada a escala global por intereses de tipo económico, político o de otra índole, y como resultado se pervierte el método científico (que ya de por sí no es infalible) para crear y vender una verdad absoluta al conjunto de la sociedad. Esto puede aplicarse, por ejemplo, al tan polémico tema del calentamiento global y el cambio climático, que ha sido totalmente manipulado desde las más altas instancias para crear un estado de opinión, una agenda global y un clima de miedo. Lo cierto es que si la ciencia fuera tan objetiva e indiscutible en cuanto a las observaciones, todos los científicos deberían coincidir, pero la realidad es que miles de ellos, incluyendo expertos de primera fila, han negado –precisamente apoyándose en los datos científicos disponibles– que las emisiones de CO2 de origen humano tengan relación con ese supuesto cambio climático artificial. Antes bien, estos disidentes coinciden en observar que el gran factor de los cambios climáticos sería la actividad solar y que el impacto de la actividad humana es prácticamente inapreciable. En suma, los estamentos oficiales están vendiendo creencia bajo la apariencia de ciencia.

Sea como fuere, determinados hechos se admiten como ciertos, aunque luego veamos que la realidad objetiva que han descrito otros a lo mejor no es tan objetiva como sería de esperar. En este sentido, quisiera destacar una lúcida aportación del prestigioso científico británico Rupert Sheldrake, en la cual nos demuestra que la ciencia tiene mucho de creencia (o “subjetividad”), tanto por la parte de los propios investigadores como por la parte de la población en general. Sheldrake defendía que los propios científicos influyen de manera directa y muy apreciable en los resultados científicos que obtienen, proyectando sus expectativas sobre su investigación y condicionando sus observaciones a partir de lo que es o no es posible (en su opinión, claro).

Rupert Sheldrake ve una clara influencia de la subjetividad del científico en la obtención de resultados aparentemente objetivos.
Rupert Sheldrake ve una clara influencia de la subjetividad del científico en la obtención de resultados aparentemente objetivos.

Esta clara influencia de la subjetividad o el poder de la mente la veía Sheldrake claramente expresada en la investigación médica y en los conceptos de placebo y nocebo. Así, por ejemplo, destacaba un famoso caso médico acontecido en los años 50, centrado en un hombre con un cáncer avanzado que ya no respondía a la radioterapia. Llegado el momento, le suministraron una inyección de un fármaco experimental llamado Krebiozen, considerado por algunos en aquel momento como una cura milagrosa. Los resultados de la aplicación de este fármaco fueron asombrosos, y según afirmó el médico del paciente los tumores “se habían derretido como bolas de nieve en una estufa caliente”. Más tarde, el paciente leyó unos estudios que insinuaban que dicho fármaco era ineficaz, y automáticamente su cáncer comenzó a crecer de nuevo. Entonces su doctor, actuando por una corazonada, le administró un placebo (o sea, una sustancia inocua, sin ningún poder curativo) por vía intravenosa. En esta ocasión se le dijo al enfermo que lo que le habían inyectado era una forma “nueva y mejorada” de Krebiozen, cuando en realidad era… agua del grifo. Una vez más, su cáncer menguó radicalmente. Sin embargo, este hombre leyó en los periódicos una declaración oficial de la Asociación Médica Americana según la cual el Krebiozen era un medicamento sin valor. La fe del hombre se vino abajo y falleció a los pocos días.

Este efecto placebo es, de hecho, un gran dolor de cabeza para las empresas farmacéuticas, pues su eficacia oscila entre un tercio y un 50% con respecto al medicamento “real”. Esto es especialmente significativo en las pruebas llamadas de “doble ciego”, en las cuales ni el profesional de la salud ni el paciente saben que se está usando un placebo; en otras palabras, ambos creen firmemente en la eficacia real del fármaco. En cambio, cuando el médico sabe que se está usando un producto inocuo (“simple ciego”), el efecto placebo es bastante inferior. Por otro lado, cuando las expectativas de los científicos sobre un nuevo fármaco –o sea, su “fe” en sus capacidades– se van reduciendo, se ha observado que también los placebos aplicados reducen su eficacia de forma paralela.

Los placebos tienen un efecto real en los pacientes gracias a la creencia, no a sus propiedades curativas.
Los placebos tienen un efecto real en los pacientes gracias a la creencia, no a sus propiedades curativas.

Y esta misma situación se traslada también al terreno negativo, en lo que se ha llamado nocebo. En este caso, se traslada una información negativa al paciente, que puede acarrearle graves o incluso fatales consecuencias. Esto se puede apreciar en sociedades primitivas, en las prácticas de tipo “vudú”, en las cuales se practican unos encantamientos para provocar el dolor o la muerte de una persona. Pero incluso en la ciencia moderna esto funciona de manera palpable. Por ejemplo, en un experimento nocebo se dijo a unos voluntarios que se les iba a aplicar una leve corriente eléctrica mediante unos electrodos en la cabeza y que ello podría provocarles dolor de cabeza. En realidad, no se les pasó ninguna corriente pero dos tercios de los voluntarios dijeron haber experimentado dolores de cabeza.

Más graves y más frecuentes son los casos en que los médicos pronostican un plazo corto de vida ante una grave enfermedad. Un médico español comentaba que otro profesional le había dado a una enferma de cáncer tantos meses de vida, asegurándole que no había solución posible. La paciente optó por vivir esos meses sin medicación, disfrutando de la vida y mejorando en su estado de salud. No obstante, llegado el plazo exacto marcado por su médico, se activó el nocebo mental y la persona murió rápidamente.

Frente a estas realidades, que no especulaciones, pues son datos contrastados, Rupert Sheldrake realizó esta contundente declaración: Tanto los placebos como los nocebos dependen de las creencias culturales dominantes, incluyendo la creencia en la medicina científica. En pocas palabras: la creencia enferma, la creencia mata, la creencia cura.” O dicho de otro modo, la salud o la enfermedad dependerían de los mecanismos internos de la propia persona, no de factores externos.

Posiblemente, cuando se estudien otros campos de la ciencia, aparte de la medicina, podremos ver que las expectativas, deseos, sesgos o prejuicios de los científicos influyen de modo parecido en los resultados o en la propia interpretación del mundo. Por ejemplo, el biólogo Bruce Lipton, autor del  famoso libro La biología de la creencia,  afirmó que “los datos científicos demuestran cómo las creencias pueden controlar el comportamiento y la actividad génica y, por tanto, el desarrollo de nuestras vidas.” Esto, traducido a un ejemplo concreto sería la explicación de que determinadas enfermedades, empezando por el cáncer, no se pueden achacar a factores genéticos –como la ciencia oficial defiende sobre estudios rigurosos– sino a la mente del propio individuo, del cual dependería básicamente la superación (o no) de la enfermedad o disfunción.

Por supuesto, hemos obviado aquí las reflexiones procedentes de la física cuántica sobre el propio concepto de realidad y la influencia decisiva del observador en lo observado (si es que pueden separarse ambos elementos) pues ello ya sería adentrarnos en terrenos mucho más complicados. Sin embargo, a la vista de lo expuesto, puede quedar claro que incluso la ciencia empírica y objetiva es una manera de creencia, quizá distinta de la visión religiosa, paranormal o intuitiva, pero que no puede evitar la subjetividad de la mente, o de la conciencia. Dicho en otras palabras, somos lo que creemos y nosotros mismos ponemos límites y condiciones a nuestra realidad, al mismo tiempo que interactuamos con el supuesto mundo real y objetivo, modificándolo a cada milésima de segundo.

Y acabo con nueva cita de Bruce Lipton, que podría darnos una pista sobre la ilusoria separación entre el mundo material (“la ciencia”) y el mundo de la conciencia (“las creencias”):

“Los últimos avances científicos nos proporcionan una visión del mundo no muy distinta a la de las primeras civilizaciones, en las que se creía que todos los componentes de la Naturaleza estaban dotados de espíritu. Las pequeñas tribus aborígenes que quedan aún consideran el universo como un todo. Las culturas aborígenes no hacen las divisiones normales entre piedras, aire y humanos; todo está lleno de espíritu, de energía invisible. […] Éste es el mundo de la física cuántica, en el que la materia y la energía están completamente unidas.”

ciencia creencia

© Xavier Bartlett 2015 –  Licenciado en Prehistoria e Hª Antigua por la Universidad de Barcelona

Autor del libro “La Historia Imperfecta”, una introducción a la historia alternativa de Ediciones Obelisco

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About Xavier Bartlett

Licenciado en Historia, aunque su carrera profesional se ha centrado en el campo de la educación y formación. Actualmente forma parte del equipo Dogmacero, cuya finalidad es difundir una visión alternativa de la sociedad, la ciencia y la historia.

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