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Donde reina el amor… sobran las leyes

Platón, el gran filósofo del Mundo Antiguo, dijo: “Donde reina el amor sobran las leyes”. Esta frase podría parecer algo altisonante o pretenciosa para algunos. Otros quizá la interpreten simplemente como un recurso poético, alejado de la realidad. Sin embargo, si reflexionamos sobre su sentido último, veremos que esta sencilla cita contiene un mensaje profundo sobre la condición humana o sobre nuestra propia existencia.

El filósofo griego Platón
El filósofo griego Platón

Así, a la vista de nuestro complejo mundo del siglo XXI, que se supone que es la cúspide de la civilización, llegaremos a la conclusión de que las cosas no han ido por deberían haber ido. Más bien da la impresión de que tras siglos y siglos de civilización no hemos avanzado, y que sería más adecuado aplicar la frase inversa: “Donde reinan las leyes, no hay lugar para el amor”. En efecto, el amor –tomado en su sentido más amplio– parece no reinar en ninguna parte. Veamos: ¿Nos hemos parado alguna vez a pensar en la enorme cantidad de leyes, normativas, constituciones, tratados, estatutos, convenios, reglamentos, ordenanzas, protocolos, decretos, etc. que existen en todo el planeta?

Constitución de EE.UU. - Todos los países se rigen por un conjunto de constituciones, leyes, mandatos, decretos...
Constitución de EE.UU. – Todos los países se rigen por un conjunto de constituciones, leyes, mandatos, decretos…

Cada ciudadano, de cualquier país del mundo, lo quiera o no, está sometido desde que nace a un enorme conjunto de leyes o normas en todos los ámbitos de la vida y en todas las esferas de poder: desde la administración local a la administración estatal e internacional, pasando por otros múltiples niveles de administración intermedia.

Y después está la enorme cantidad de reglas o mandatos de carácter privado que rigen en empresas, organismos, asociaciones… hasta los simples acuerdos de una comunidad de vecinos. Esto por no hablar de los contratos, aquellos que se dan entre iguales (lo que serían acuerdos en que las dos partes teóricamente obtienen beneficios equivalentes) y aquellos que son auténticas imposiciones del poderoso sobre el débil. Y lamentablemente, el ciudadano medio verá que más bien tiene muy poco que decir a no ser que tenga influencia en alguna pequeña área de poder.

Toda esta parafernalia de leyes se supone que sirve al ciudadano, que sirve a todo el mundo, que es necesaria para el orden y la concordia social, para que la sociedad no sea un caos ni una anarquía insostenible. De hecho, uno de los símbolos de civilización desde los primeros tiempos de Sumer y Egipto (hace 5.000 años) ha sido la creación e imposición de leyes, que quedaban por escrito para fijar lo que se podía o no hacer. Así, todas las grandes civilizaciones han desplegado códigos legales como parte de “su grandeza” y está claro, por ejemplo, que Roma no sería la misma sin su famoso Derecho Romano y sin su famosa máxima: Dura lex, sed lex.

Estela o código de Hammurabi, el primer cuerpo legal puesto por escrito como muestra de “civilización”
Estela o código de Hammurabi, el primer cuerpo legal puesto por escrito como muestra de “civilización”

La ley se convirtió así en la medida de todas las cosas, en aquello que no se puede desobedecer, aquello que se ha de venerar como un dios. Todavía hoy se habla con veneración del famoso “Imperio de la Ley”, que sin duda debe estar por encima de la conciencia de cada persona.

Pero, ¡ay! Cuando uno cree que la ley beneficia al ser humano y lo eleva a un nivel superior de evolución frente al salvajismo de las bestias, se encuentra con la dura realidad. Que la ley no es igual para todos (sólo sobre el papel, claro está, aunque de vez en cuando algún gran personaje es enviado a prisión para mostrar que el sistema funciona). Que la ley es injusta. Que la ley es interpretable o arbitraria. Que la ley protege y exculpa a los poderosos. Que hecha la ley, hecha la trampa. Que la ley es papel mojado. Que la ley da por supuesto que el hombre es malo y que no es capaz de la bondad (algo parecido al concepto religioso del pecado original, que implica la necesidad de penitencia y redención). Que la ley ha sido del todo incapaz de eliminar el mal del mundo, en forma de miseria, hambre, explotación, guerra, asesinato, corrupción, codicia… y un largo etcétera. De hecho, hace ya años, un veterano abogado, reviviendo la experiencia de su larga carrera profesional, me confesaba que en mundo de poderosos y débiles no hay verdadera justicia ni puede haberla, por muchas leyes que haya.

La ley trata, en resumidas cuentas, de gestionar la maldad humana y aplicar penas y castigos a los infractores, en teoría para enmendar el mal causado y para corregir su conducta en el futuro. Por supuesto, nos podríamos preguntar que si la ley si opone al mal, cómo es que se aplica como solución la represión y el castigo, y muy en particular la pena de muerte, que no deja de ser un asesinato a sangre fría, una nueva versión del “ojo por ojo y diente por diente”.

Así, detrás de sesudos y complejos códigos penales vemos que se esconde un pensamiento simple, primitivo y rotundo: si tú causas un mal, serás juzgado y se te aplicará otra clase de mal. Y sin embargo, paradojas de la vida, cuando se imponen penas leves a “grandes criminales” (narcotraficantes, terroristas, violadores, etc.) que salen pronto de la cárcel e incluso vuelven a delinquir gravemente, la mayoría de la gente, completamente indignada, pide leyes aún más duras, y sobre todo más rigor e inflexibilidad. En resumidas cuentas, más aparato policial y judicial, más restricciones, más represión, más control… y todo ello por nuestro bien o por nuestra seguridad.

La ley permite reprimir toda conducta o actitud que contraviene al poder o al llamado “bien público”.
La ley permite reprimir toda conducta o actitud que contraviene al poder o al llamado “bien público”.

En todo caso, los gobiernos de cualquier tipo no se cansan de legislar e imponer leyes como mandamientos divinos (y recordemos que el Jehová del Antiguo Testamento imponía ingentes cantidades de preceptos, leyes y sanciones a su pueblo elegido), para controlar todos los aspectos de nuestra vida cotidiana. Este exceso legislativo se ampara en la excusa de que el poder establecido nos representa a todos sin distinción –por lo menos en las llamadas “democracias”– y que por tanto busca el bien común mediante la necesaria “regularización” de la sociedad. Sin embargo, más leyes, más limitaciones, más restricciones o más amenazas no han hecho mejores sociedades. No ha hecho al hombre mejor. No han fomentado el bien en ningún lugar, sino que han instaurado el dominio del miedo y la desconfianza. Mientras estemos dominados por los designios de la mente, por el instinto de supervivencia a cualquier precio, por el interés particular, seremos víctimas del ego y así aceptaremos la ley como un mal menor o un mal necesario para regir nuestras vidas. En fin, a estas alturas no hace falta ser muy listo para comprobar que la ley no sirve al amor.

Por cierto, ¿a qué clase de amor se refería Platón? Lo más triste de todo es que la mayor parte de la humanidad tiene una idea errónea de este concepto. El amor es interpretado generalmente como el cariño o sentimiento especial hacia la pareja, los padres, los hijos, los familiares, etc. o como la mera relación física, y parece que todo lo que se sale de esto no puede ser amor. Será otra cosa parecida, pero no amor. Sin embargo, muy pocos hablan del amor incondicional. Este amor es el sentimiento de unión con todo y con todos, es comprender que no existe el ego ni las partes, que el Uno y el Todo son la misma cosa, y que por tanto nada nos es ajeno. Todo nos incumbe porque forma parte de nosotros. En este contexto, el espíritu, nuestro verdadero yo, sabe perfectamente lo que está bien y lo que no, y no hay forma de engañarlo. Ahí es cuando descubrimos que nuestra auténtica identidad es una conciencia única, aunque se manifieste individualmente en cada persona.

No obstante, este amor no debe confundirse con una aceptación del mal o con la idea de que el bien y el mal son relativos o son la misma cosa. En palabras del científico británico Peter Russell, que ha escrito el magnífico libro Desde la ciencia a Dios: “El amor no es algo que haces; el amor es una manera de ser, y más que eso: es simplemente ser. Ser con otra persona, como quiera que sea. No emitir juicios, no tener planes. No querer controlar, no tener que demostrar tu amor, no inmiscuirte en su alma. Nada excepto una total aceptación de su ser, a partir de la aceptación de tu propio ser.”

¡Qué debe estar cambiando en el mundo para que un científico se exprese en estos términos!

Y Russell añade:

El amor incondicional no es la aprobación incondicional de las acciones del otro, sin tener en cuenta sus efectos sobre otros. Es el amor incondicional del ser que está detrás de la acción. No depende de cómo piensa, siente o se comporta una persona. No se detiene a valorar si el otro merece o no afecto. Reconoce que, detrás de todas nuestras diversas apariencias y actividades, todos queremos sentirnos amados. Y en esto, todos estamos unidos.

(Texto citado y traducido de su artículo Love: the Gift of Peace)

Desde esta perspectiva, hay un reconocimiento del bien y el mal (de la percepción de separación), pero no hay juicio ni sentencia, sino amor, comprensión y perdón. Por eso, en ese utópico lugar donde reina el amor, ninguna ley es necesaria.

Platón, hombre sabio que escribió el magnífico mito de la caverna, supo apreciar claramente que el amor es contrario a la ley, porque la ley supone el triunfo del ego y del interés particular. De la parte contra el todo. Del miedo contra la confianza. De la mente contra el espíritu. Platón también afirmó: “De virtud hay una especie, de maldad, muchas.” En efecto, tantas como leyes y reglamentos.

Xavier Bartlett

Licenciado en Prehistoria e Hª Antigua por la Universidad de Barcelona

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About Xavier Bartlett

Licenciado en Historia, aunque su carrera profesional se ha centrado en el campo de la educación y formación. Actualmente forma parte del equipo Dogmacero, cuya finalidad es difundir una visión alternativa de la sociedad, la ciencia y la historia.

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