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Nunca nadie ganó ningún trofeo

Un balón. Tres palos. El balón cruza entre ellos. En una fracción de segundo ha cruzado al otro lado. Un fugaz instante, tras el cual el balón continúa siendo balón y los palos continúan siendo palos.

Un balón. Tres palos. El balón cruza entre ellos. En una fracción de segundo ha cruzado al otro lado. Un fugaz instante, tras el cual el balón continúa siendo balón y los palos continúan siendo palos.

Un balón. Tres palos. El balón cruza entre ellos. En una fracción de segundo ha cruzado al otro lado. Un fugaz instante, tras el cual el balón continúa siendo balón y los palos continúan siendo palos.

El lector pensará que ha habido un error. ¿Tres veces el mismo párrafo? No; no es ningún error.

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El primer párrafo corresponde a la siguiente situación: un niño aburrido en una playa desierta chuta su pelota entre los tres palos de una portería sin red. «Gol», piensa, y se vuelve a casa con el mismo ánimo.

El segundo párrafo corresponde a un partido de fútbol en el patio de una escuela. Los que se han identificado con la escena como si el balón les hubiese traspasado el cuerpo volverán a clase con cierta herida emocional, mientras que los que se han identificado con la escena como si el logro de conseguir eso del balón fuese suyo volverán al aula ufanos. Al cabo de unas horas, ni unos ni otros se acordarán de ello.

El tercer párrafo corresponde ni más ni menos que a una final de Copa del Mundo, y el hecho de que el balón haya hecho eso en ese instante en el tiempo, en ese lugar, determina ni más ni menos que un equipo se erija en Campeón. De lo cual no se olvida nadie con el paso de las horas, ni de los días, ni de los años, ni las generaciones futuras tampoco.

Fíjate en el valor de ese instante.

El mismo balón habría podido cruzar los mismos tres palos en otro momento, tal vez dos horas antes. «Entrenamiento» lo habrían llamado, y nadie habría hecho caso. O habría podido cruzar por quinta vez en el plazo de unos cuantos minutos, y contribuir así a algo denominado «goleada», pero no habría sido determinante para que el equipo fuese Campeón. Pero, fortuna la de ese balón en ese instante de tiempo: todo el mundo ha convenido en lo significativo que será que cruce, antes de que un árbitro pite el «final», ese balón entre esos tres palos. Inversamente significativo de lo que habría sido que el mismo balón, en el mismo momento, hubiese cruzado los otros tres palos que se vislumbran justo delante, configurando la denominada «portería rival». Al balón acaso no le importe demasiado cruzar o no por entre esos tres palos, al ratoncito que corretea por el césped tampoco, pero he aquí que a millones de seres humanos sí que les importa. Y según cuáles sean los tres palos que el balón habrá cruzado, si los que configuran la portería de un extremo o la del otro, se determinará qué equipo recibirá una «Copa», que acaso convivirá en una vitrina junto con otras «Copas». Y no solo determinará esto, sino también el sentir y el recuerdo de millones de personas, que esa noche harán o no el amor en función de ello, cenarán o no en función de ello, alguno acaso se suicidará o no en función de ello… Mucho más allá de esa noche el recuerdo contribuirá a reforzar el sentimiento identitario de media nación. Periódicos deportivos de todo el mundo y de todos los colores tendrán de qué hablar durante un rato largo. Etcétera.

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Lo que me interesa destacar por medio de este artículo es el hecho de que todo este alud de consecuencias viene determinado por una situación en sí misma muy neutral que tiene lugar en la fracción de un instante: un balón cruza por entre tres palos.

¿En qué convierten luego los humanos ese instante? En lo que quieran.

A los seres humanos en general nos gusta fijar condiciones que nosotros mismos nos inventamos. Si se cumplen de una determinada manera, decretamos que alguien se ha proclamado campeón, y que todos los demás no son campeones.

En el caso del fútbol, decretamos que en determinado estadio, en determinado día y durante un lapso de tiempo que viene enmarcado por dos toques de silbato va a ser importante lo que ocurra allí, sobre todo en lo relativo al cruce del balón entre tres palos, con consecuencias diametralmente opuestas según el extremo del campo en que los tres palos estén ubicados.

Y no solo decretamos que va a ser importante lo que acontezca durante esa hora y media. Decretamos también que lo que habrá acontecido merece ser inmortalizado, y es así como el número de veces que el balón cruza entre los tres palos queda sacramente registrado. Cuando este registro tiene lugar, para un equipo en una «temporada», treinta y ocho veces (no treinta y siete ni treinta y nueve), se sabe si ha ganado o no la «Liga».

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Mientras tanto, se mueve dinero, se mueven pasiones, hay gente que olvida sus problemas y sus alegrías personales en función de lo que acontezca… Cuando la base de todo esto ¿qué es? Instantes. Fracciones de segundo en las que ha ocurrido un fenómeno neutral al que se ha decidido darle valor. Instantes convertidos en memoria, acumulados uno tras otro para construir una historia. Una historia que va a servir para mover sentimientos, para mover dinero. Para que la gente no piense en otras cosas. Pero es una historia nada más. Un cúmulo de convencionalismos a los que todo el mundo ha dado valor, los cuales están erigidos sobre fugaces hechos concretos conservados en la memoria: balones cruzando por entre tres palos, una y otra vez. Si creo que la historia es real, acaso me implicaré en ella. Si me doy cuenta de que es una historia nada más, no me implicaré, o si lo hago, deseoso de experimentar sensaciones, tendré bien presente que es una historia, para poderme salir de ella en cuanto lo decida. Y experimentaré conscientemente las emociones generadas, sabiendo que lo que las genera es «nada», pero las experimentaré en sí mismas, para conocerlas, para conocerme. Durante el tiempo que yo decida. Nada más.

He puesto el ejemplo del fútbol, pero evidentemente es replicable a cualquier competición. En todas ellas es importante lo que ocurre en una suma de instantes, y es importante también decidir cómo interpretar los hechos neutrales que en cada caso tienen lugar: un balón de baloncesto entrando o no por un aro. Una pelota de tenis picando en el suelo más allá de una línea pintada. Unas piernas cruzando por encima de una línea que se ha convenido en llamar «línea de meta»… Hechos neutrales en sí mismos, que pueden no tener más interés que contemplar la caída de una hoja, pero a los que se ha dotado de significado y relevancia por medio de dos ingredientes: la memoria y la convención. La convención da el sentido a lo que sucede en un lugar concreto en un lapso de tiempo concreto. La memoria establece que los instantes son importantes por algo más que por sí mismos: son importantes porque los sumamos a otros instantes, hasta llegar a una conclusión.

Las enseñanzas espirituales nos dicen que el tiempo no existe, y que el único momento es Ahora.

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¿Puede existir desde esta perspectiva la competición? Si el único momento es ahora, puedo observar que en este Ahora un balón cruza por entre tres palos, pero medio segundo después esto ya es historia. Lo único que puede sostener el tenderete de la competición es el autoengaño de la memoria, sumado a otro autoengaño: creer en las convenciones. Esto es, creer que lo que los humanos caprichosamente determinan contiene en sí mismo alguna verdad. Creer: «Es verdad que lo que acontezca en este sitio entre dos toques de silbato tiene valor, es importante». Podemos creerlo, sí, allá nosotros. Pero es mejor que «juguemos a creérnoslo», para disfrutar esta faceta de la vida y de la creatividad humana, que no que lo «creamos» realmente. Porque quien se cree realmente estas patrañas, ¿qué espacio deja en sí mismo para la Verdad?

El lector habrá oído más o menos hablar de los monjes Shaolin. Viven en un monasterio en las montañas de China y son expertos en kung fu y chi kung al más alto nivel. Son capaces de unas proezas increíbles. No quieran los presidentes de los clubs de fútbol del mundo imaginar lo que podría ser un equipo de fútbol integrado por esos elementos. Probablemente arrasarían.

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Pero ¿qué ocurre? Que son monjes. Cuando no se ejercitan, meditan. Entienden sus capacidades y habilidades como la traducción exacta de sus estados internos. Por eso cuidan, por encima de todo, dichos estados internos. Saben el valor del instante, pero que es absurdo acumular los instantes. También huyen de los convencionalismos: uno puede saberse bueno en su disciplina, pero asimismo sabe que sería absurdo que un sistema de puntos le otorgase alguna primacía. Porque lo que importa es su sentir y su pensar de cada instante, y por más campeón que fuera, en el mismo instante en que tuviese un pensamiento desarmónico, en ese instante no sería campeón. ¿Campeón de qué? ¿Cómo podría alguien aspirar a la limpieza interna y a la vez querer ser el campeón en el arte que demuestra su limpieza interna? El mismo hecho de desear ser el campeón de la limpieza hace que uno no sea campeón, pues la limpieza interna no puede ser objeto de competición. La limpieza es vivida por uno mismo o no, y punto. Así pues, los monjes no compiten; y si lo hacen es para ponerse a prueba en ese momento, para desarrollar sus habilidades… Nunca lo hacen desde una perspectiva como la nuestra, con clasificaciones, puntos, conceptos de «mejor» y «peor»…

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Como curiosidad podéis ver el fragmento de esta película ( sátira humorística ) que se hizo hace algunos años sobre unos monjes shaolin que montan un equipo de fútbol: Shaolin Soccer

Esto sería lo que podría pasar ( exagerando ) si los monjes Shaolin decidieran competir jugando a futbol..

Lista de reproducción: https://www.youtube.com/watch?v=fI-F18nRHBQ&list=PL04E75BDD2B8C7D13

Para los monjes Shaolin la lucha es un método de autodesarrollo espiritual. Para nuestros deportistas es un método de afirmación personal, de regodeo del ego. Para los millones de seguidores que tienen nuestros deportistas, también. Por eso los monjes aprecian, en la lucha, el instante, y nada más que el instante. Porque el desarrollo espiritual sólo requiere de la plena presencia en el instante. Y por eso también, en contraste, nuestra sociedad aprecia, en la competición, la acumulación de instantes, y dar a esos instantes un valor convenido. La plena atención al momento presente no podría engrosar el ego, y como en nuestra sociedad se trata de engrosarlo hay que huir del momento presente. Hay que acumular memoria y fabricar una historia. Y a partir de ahí complicar la historia decretando ganadores y perdedores. Los ganadores inflarán sus egos con vanidad y los perdedores con frustración. Sus millones de seguidores también. Y no contentos con ello repetirán la historia año tras año, generación tras generación… Siempre el balón entre los tres palos, siempre las mismas emociones generadas. Siempre llenando el vacío existencial por medio de una historia a la que millones de personas puestas de acuerdo dan el carácter de una aparente verdad.

Pero nunca será verdad. Los instantes no pueden en verdad acumularse. Por eso nadie ganó nunca ningún trofeo. Creen que lo hicieron. Los demás también lo creen. ¿Lo creen los monjes? Los monjes se escapan de esta trampa, con indiferencia absoluta. Saben que las historias que se monta el ego para sentirse vivo nunca pueden llevar a nada más que a complicar inútilmente la propia estructura psicológica. Por eso ellos hacen un acto impecable y acto seguido meditan. Saben que cualquier respuesta se halla en su propio centro.

Que estemos inmersos en una sociedad con millones de influencias no quiere decir que tengamos que dejarnos arrastrar por ellas. Tal vez tú estás libre de cualquier pasión deportiva; bien. Sin embargo, lo que he aplicado al deporte de competición es asimismo aplicable a tantos otros aspectos de la vida en que damos valor a las cosas por lo que significa la acumulación de instantes interpretados en base a una convención. Ser conscientes de la diferencia entre lo que acontece realmente y lo que «parece acontecer»nos puede evitar muchos disgustos y, sobre todo, nos puede ayudar a permanecer en nuestro centro mientras a nuestro alrededor se desarrolla la «matrix» inmensa que hemos convenido, desde nuestro propio punto de vista, en llamar «civilización».

©Francesc Prims Terradas

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Nassim Haramein

About Francesc Prims

Licenciado en Filología, ha sido el redactor jefe de la revista Athanor durante diez años, y continúa siéndolo de la revista Dia de la Terra. A lo largo de su trayectoria ha entrevistado a personajes de la talla de Deepak Chopra, Federico Mayor Zaragoza o Eckhart Tolle. Además, doce años de vida en una comunidad de orientación espiritual le han proporcionado un inestimable bagaje en cuanto al conocimiento de la naturaleza humana. Es autor del libro de entrevistas Nuevos paradigmas (Editorial Sirio, 2015).

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