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Una pequeña historia para iniciados

Disponía mi regreso desde Barcelona hacia mi tierra natal, Cartagena, comprando el billete de Renfe que me vendía el espíritu santo en forma de funcionario currante de la estación de Sants; Billete con escala en Murcia, ya que no había ninguna otra posibilidad de tren directo.

Entregado a la aceptación de aquel nuevo designio de mi destino, y tras varios intentos fallidos de canjear cualquier otra posibilidad, me encontré en Murcia, después de un reconfortante trayecto (a pesar de las quejas y críticas sobre el servicio de Renfe que no dejé de escudriñar a mi alrededor), a las 10 de la noche, con una hora y media de tiempo muerto hasta la salida del próximo tren que me llevaría por fin al término de mi viaje.

El mismo funcionario que momentos antes repetía con impasible insistencia la normativa y la imposibilidad de canjear mi billete para un tren regional con salida inminente, tuvo sin embargo la compensatoria amabilidad de acoger mi maleta tras la ventanilla, mientras me aligeraba del peso de mi equipaje durante el paseo que, en vista de lo cual, me decidí a realizar para pasar el rato. Tenía una hora al menos para deambular por esa tierra que tan bien me acogió, reconocía yo ahora, durante mis años de estancia en un internado a mis 14, 15 y 16 años, en los que apenas asistí a clase pues sólo me acercaba al “internado” para comer y dormir. (Cosas que sólo ocurrían en épocas de Franco).

Impregnándome dichoso de un nocturno ambiente caluroso y sorprendido de no sudar gracias a la sequedad del aire que llenaba gustoso mis pulmones, sentí aquel impás de mi viaje como un nuevo regalo de tantos que últimamente había reconocido en cada minuto de mi renovada existencia.

Todo fue cruzar la primera calle y como por arte de magia, en una cabriola malabar inesperada, recuperé en el aire mi volteante recién encendido cigarrillo pinzándolo con fuerza, justo a la altura de una brasa inusitadamente caliente, entre la zona más delicada de mis dedos índice y corazón de mi mano izquierda; quemándome con determinación la zona de contacto de mi piel con toda mi alma.

Lacerado por el dolor, miraba incrédulo mis dedos recién abrasados consciente del punto de unión que, entre ambos dos, se manifestaba como un urgente mensaje que no estaba dispuesto a pasar por alto: la identidad (dedo índice), y el corazón (mi dedo del corazón), recababan ahora toda mi atención sin todavía comprender… ¿Qué código sin descifrar representaba aquel latente grito sordo, en los primeros pasos de mi inocente paseo?

Poco a poco, mientras sostenía uno de mis dedos entre la humedad de mi propia lengua para aliviarme, mi paso comenzó a decelerar y, cada vez más lento, suave como la piel de un niño, un exquisito velo se deslizaba ante mí con asombrosa presencia, dejando aflorar la silueta de su escondido tesoro.

Un alud de impresiones me detuvo en seco.

Aun con el lacerado dedo entre mis labios, fueron lloviendo sobre mí, como calladas gotas de tiempos borrados, todas las cargas ocultas de aquellos tiempos, y no tardé mucho en encontrar a ese perdido niño entre las calles de aquella ciudad, que deambulaba repudiando en silencio cada uno de sus rincones; que masticaba la rabia de su impotencia en cada paso, tragando con insondable amargura cada instante vivido sin una sola lágrima, sin una sola queja.

Vistiendo la capa de insensibilidad que no se había quitado desde entonces y esgrimiendo la espada de la soledad como sus únicas armas.

Y entonces, por fin, lloré.

Lloré siendo aquel niño perdido después de toda una vida anclado en aquel lugar. Lloré al amparo de la luna llena sobre el Segura, varado sobre el puente donde tantas veces me detuve, mirando a ningún lugar. Lloré sus calles, lloré su río, lloré mi rabia contra esa ciudad, contra el mundo, contra todo y contra todos.

Por fin, lloraba por vez primera en aquel lugar.

Y entonces comprendí el verdadero sentido de aquella escala en mi viaje de regreso. Y agradecí, como nunca lo había hecho, haberme quemado los dedos con tantísima insistencia.

Y de repente Murcia apareció ante mí como una ciudad nueva. Y me entregué entre sollozos que a duras penas conseguía disimular, a ese momento impresionante, deslizándome entre las aceras al amparo de aquella luna, completamente llena, que ahora brillaba sólo para mí. Y me detuve al sonido de un acordeón que, en manos de sólo dios sabe quien, dejaba fluir entre sus dedos las notas de aquel músico maestro, sentado en mitad de la plaza de la catedral, el mismo tango que sonaba como canción de despedida justo antes de partir de Barcelona,  sellando así el poso de mi reciente experiencia: “Por una cabeza”.

Y le ofrecí a su cesto tendido la mitad de mi exiguo capital, mientras miraba las dos monedas restantes, una de 50 y otra de 20 céntimos, que sin saber porqué, brillaban mudas en mi recuperada mano (todo el dolor del quemado había desaparecido). Giré entonces sobre mi tronco para fijar mi vista, distraídamente, en un cartel que, presidiendo la entrada de un bar titulado “Lizarrán”, con grandes trazos de tiza blanca sobre una pizarra de negro fondo rezaba:

“Caña a 70 céntimos”.

 

José Vaso, todosyninguno

www.descodificacioncuantica.com

Facebook – Jose Vaso

 

 

 

Nassim Haramein

About José Vaso

Psicoterapeuta, ensayista y formador. Autor de la Descodificación Cuántica

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2 comments

  1. La pobre Murcia, repudiada por tantos a los que dio hogar… Una visita de mi espíritu en paz quizá llegue a ella también algún día, si a si ha de ser.
    Me alegro mucho.
    Besos!!!

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